sábado, 14 de enero de 2017

La Paloma, Uruguay.

La Paloma, enero 2016.


Adoro Uruguay. Una isla donde todo funciona en aparente paz y armonía en medio de un continente donde las palabras caos y crisis cuadran a la perfección. Para llegar a Uruguay hay que cruzar el río del mismo nombre. Desde Gualeguaychú se traspasa un puente de 5300 metros para llegar del otro lado y hacer el ingreso al país vecino por Fray Bentos. El río es tan ancho que costaría llegar de una orilla a la otra en piragua.

Llamativamente los controles al pasar la frontera son casi nulos; dni y tarjeta verde del auto.  Son de conocimiento popular que son las fronteras hacia Bolivia y Paraguay las más exigentes, ya que por ahí se pasan drogas, dinero no declarado y personas por trata de blancas. Parece ser que por Uruguay no pasan estas cosas. Los oficiales de migraciones son divinos y confiados. Será tal vez la manera de no generar caos ni nigún tipo de crisis entre estados hermanos.

En Uruguay nadie recibe pesos argentinos, pero sí dólares. Una buena manera de conseguir cambio es pagar con dólares y recibir el vuelto en uruguayos acompañado de su frase preferida: ¨A sus órdenes¨. Así uno se despide de cualquier vendedor.

Adoro llegar a los destinos de noche. La Paloma es un pueblo de 5500 habitantes durante el año. Esta población debe triplicarse durante el verano. Las casitas de alquiler, los dos hoteles cerca del faro y los campings están completos desde el 20 de diciembre hasta aproximadamente el 15 de enero. Luego, Uruguayos, Brasileros y Argentinos continúan haciendo su parada en estas playas pero en menor cantidad. Llegar a la Paloma pasa casi inadvertido de noche, se lo ve oscuro, con luces tenues en sus calles. No se sabe muy bien qué hay a los costados del camino. Al otro día, con el sol de farol, se descubre un paisaje que combina playas de arena largas, playas de piedra, médanos y bosque.

Las mañanas siempre ideales para ir a la playa transcurren al sol. Las familias caminan hasta las playas con nombres extraños como Anaconda con sus sombrillas, sillitas, baldecitos y palitos de los más chicos. Los surfers van silbando bajito sin calzado, con el traje de neoprene puesto y la tabla debajo del brazo. Grupos de adolescentes y jóvenes eligen La Balconada para juntarse. De golpe una trompeta se escucha a lo lejos. Llega el empanadero. Un hombre con sombrero de ala muy ancha, ropa no muy cuidada que en bicicleta y con un carro detrás, recorre todas las playas a lo largo vendiendo empanadas. Super caseras, riquísimas. Si alguien le quiere comprar a su regreso, ya no puede. Las vende todas. Realmente un éxito de empresa. Su público lo espera día a día alrededor del mediodía con esos manjares que sacan un poco el hambre después de una mañana de agua salada, un poco de viento y mucho sol.

Las playas en Uruguay no tienen su espacio ocupado por edificios, ni balnearios ni carpas. Sólo algunos ¨chiringuitos¨ sobre la arena. Ideales para sentarse a tomar algo o bien comer un choclo recién cocinado. Las playas son espacios públicos. Cualquiera entra y ocupa el lugar que más le agrada. Lamentablemente siempre existen quienes confunden público con tacho de basura. Algunas bolsas o botellas a la vista. El empanadero, preocupado por esto, le pide a sus clientes que levanten alguna bolsa dando vueltas por ahí que seguro alguien se olvidó sin querer.

Las tardes son diferentes. El viento siempre cambia de dirección y puede mejorar o empeorar el día de playa. Los turistas se ponen sus remeras o vestidos si hay más viento de lo deseado, pero se mantienen firmes disfrutando de los días de playa que les quedan. A la tarde es el horario para jugar al tejo o a las paletas. Alguno saca un boomerang y casi golpea al perro del vecino que lo corre pensando que es un palito. Los surfers se divierten con las pocas olas que hay, muchos están aprendiendo, otros entrenando para probablemente el próximo verano ir a otro destino con olas más desafiantes. Hay grupos de turistas que crecen día a día. Siguen llegando amigos y de pronto son quince personas en ronda de mate y charla.

Adoro los atardeceres en la playa. Siempre dan ganas de estar tomando una cerveza acompañado con rabas con mucho limón. Es la combinación perfecta después de haber estado en el mar y seguir sintiendo la sal en los labios. En La Paloma todos los atardeceres son diferentes. En algunos el sol, un poco tímido, se esconde detrás de una nube antes de tocar el horizonte.

La noche en La Paloma puede describirse en sus sabores. Te puede encontrar haciendo un asado en los balcones de los departamentos de alquiler frente a la playa. Tal vez tiene más sabor a paella cocinada frente al público en la feria de artesanos. O a algún plato con langostinos y cerveza fresca de los comedores más tradicionales. Todos llegan a la noche con hambre después del día de playa. Después, con el sonido de las olas, se puede dormir soñando con el faro iluminando a los pescadores que probablemente a las cinco de la mañana partan con sus barcos diminutos.


Adoro Uruguay.

4 comentarios:

  1. hermosa descripción, me alegro que la hayas disfrutado así

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  2. Qué lindo REGI es tal cual, así quedó en mi memoria este bellísimo lugar...

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  3. Muy buena descripción, cronista viajera. Uruguay tiene ese halo de serenidad, todavía. Gracias, Regina. Me encanta leerte y saber que lo pasaste muy bien. Elena

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