sábado, 20 de mayo de 2017

Publicación en Mujeres Nómadas: ¨Reencuentro con las Aguas Grandes¨.

Salió mi primer nota de viaje en la página de Mujeres Nómadas: www.mujeresnomadas.com/reencuentro-con-las-aguas-grandes/

Es muy difícil escribir sobre la naturaleza sin usar adjetivos inútiles que magnifican, engrandecen, tratan de transmitir al lector el sentimiento generado por el paisaje. Hay lugares que sólo se conocen con la experiencia, ninguna descripción es suficiente. El Parque Nacional Iguazú es un ejemplo. Toda la provincia de Misiones en Argentina es una sábana verde que hay que conocerla, palparla, para entenderla.
El turista va a Puerto Iguazú a conocer una de las Maravillas del mundo, a sacarse la foto en la Garganta del Diablo. Va clase turista o primera clase, pero va. Algunos llegan en avión, otros en un bus después de 27 horas de incomodidad. Algunos comen en los restaurants dentro del Parque, otros llevan sándwiches y tereré. Algunos paran en hoteles cuatro estrellas, otros van de camping.
Lamentablemente, el Parque Nacional Iguazú se ha transformado en un parque donde se contempla, se va a ver una atracción, sus aguas altas. No es un parque para palpar, vivir de cerca la experiencia de la naturaleza. El turista es guiado por las pasarelas, se le dice qué puede hacer, hasta dónde puede llegar. El circuito está armado de tal manera que no se puede evitar la acumulación de gente, principalmente en las temporadas más altas. Los ruidos, los flashes de los fotógrafos vendiendo la foto perfecta, las corridas para llegar a hacer todo en un día, las colas para tomar el Tren de la Selva. Todo eso también es el Parque Nacional Iguazú.
Pasarela nueva en Iguazú
Uno precisa cerrar los ojos por momentos y sólo escuchar el rugido del agua cayendo, o el grito de las urracas anunciando que hay un tucán cerca. Buscar los lugares más silenciosos desde donde la contemplación es casi meditativa. Siempre me pregunto qué habrá sentido Alvar Nuñez Cabeza de Vaca cuando, bajando desde Brasil por el Río Iguazú en plena exploración del territorio, se encontró con tremendo obstáculo para pasar con sus pequeñas canoas.
En sus relatos ¨Naufragios¨, Cabeza de Vaca relata el evento de esta manera: ¨Y yendo por dicho río de Iguazú abajo era la corriente tan grande que corrían las canoas por él con mucha furia; y esto causólo que muy cerca de donde se embarcó da el río un salto por unas peñas muy altas, y da el agua en lo bajo de la tierra tan gran golpe que de muy lejos se oye, y la espuma el agua como cae con tanta fuerza, sube en salto dos lanzas y más, por manera que fue necesario salir de las canoas y sacarlas del agua y llevarlas por tierra hasta pasar el sitio, y a fuerza de brazos las llevaron más de media legua en que se pasaron muy grandes trabajos”.  
Y prosigue: “salvado aquel mal paso, volvieron a meter en el agua las dichas canoas y proseguir su viaje; y fueron por el dicho río abajo hasta que llegaron al río del Paraná¨En ninguna parte encontré palabras que describan sus sentimientos en ese momento, sólo hace una descripción de lo visto. Ese es tal vez el espíritu que se mantuvo cuando se transformó la zona en Parque Nacional: un lugar para describir, más que para vivir.
Río Iguazú
Puerto Iguazú es para muchos un lugar de paso. Se mudan para trabajar con el turismo por un tiempo, instalan un negocio y viven unos años hasta que la falta de vida social y de actividades culturales que no estén necesariamente relacionadas a las Cataratas los decide a cambiar de destino.
Esto me contó una artesana que tiene un negocio de ropa. Ella, marplatense, decidió con su esposo y su hijo de cuatro años instalarse en Puerto Iguazú. En la ciudad feliz eran feriantes y no llegaban a fin de mes. En Puerto Iguazú pudieron instalar un local a la calle de venta de ropa de diseño y de sandalias de cuero hechas por ellos. Pagan doce mil pesos de alquiler, dos mil de contador, impuestos. Aún con todos estos pagos pueden vivir. Las ventas son buenas, pero la calidad de vida no termina siendo tan amigable. Ella, después de dos años, aún no hizo ningún grupo social con quien compartir. ¨Es por el tiempo que sea necesario, no sabemos aún hacia dónde iremos después¨.
Nadie se muda con idea de quedarse. El cambio cultural necesario es grande. Aún es un pueblo donde todo parece que está por terminarse de construir.
Río Iguazú
Es mi séptimo viaje a Puerto Iguazú. La última noche cené en un restaurant un plato delicioso: agnolotis de dorado con salsa de salmón con un buen vino blanco.
Cuando termino la cena, decido caminar unas cuadras por el centro y veo a una pareja joven que con una guitarra en una mano y unos billetes en la otra quieren comprar algo de comida en un puesto de hamburguesas de una esquina. El vendedor les dice: ¨Eso más una canción¨, y aunque los billetes no eran suficientes, se ríe mientras les prepara las hamburguesas.
Sentí cierta nostalgia de otros viajes. Lo curioso y maravilloso es que al otro día tal vez me encuentre con esta pareja adentro del Parque Nacional o disfrutando de la vista de Tres Fronteras.
Me despido de Misiones sabiendo que es un lugar donde todos comparten la alegría y la gran sonrisa al dejarse mojar por las aguas altas del río que se eleva con el viento.

jueves, 2 de febrero de 2017

Foto: Puente de los Enamorados en Annecy, Francia.

Esta foto la saqué en el último viaje a Europe, que estuve unos días en un pueblo encantador de FRancia, Annecy. Fue publicada por #mujeresnomades en su Instagram.
El puente de los Enamorados en Annecy, Francia. No es fácil viajar sola a lugares como este. Dan ganas de tirarse a dormir la siesta en un parque de la mano de tu amante, o bien tomar un helado sentado al lado del lago, sin hablarse, pero juntos. Dan ganas de ponerse un vestido con flores y salir a cenar a alguno de los restaurantes sobre el río en la ciudad antigua, tomar vino tinto y reírse por nada. Dan ganas de estar enamorada.

sábado, 14 de enero de 2017

La Paloma, Uruguay.

La Paloma, enero 2016.


Adoro Uruguay. Una isla donde todo funciona en aparente paz y armonía en medio de un continente donde las palabras caos y crisis cuadran a la perfección. Para llegar a Uruguay hay que cruzar el río del mismo nombre. Desde Gualeguaychú se traspasa un puente de 5300 metros para llegar del otro lado y hacer el ingreso al país vecino por Fray Bentos. El río es tan ancho que costaría llegar de una orilla a la otra en piragua.

Llamativamente los controles al pasar la frontera son casi nulos; dni y tarjeta verde del auto.  Son de conocimiento popular que son las fronteras hacia Bolivia y Paraguay las más exigentes, ya que por ahí se pasan drogas, dinero no declarado y personas por trata de blancas. Parece ser que por Uruguay no pasan estas cosas. Los oficiales de migraciones son divinos y confiados. Será tal vez la manera de no generar caos ni nigún tipo de crisis entre estados hermanos.

En Uruguay nadie recibe pesos argentinos, pero sí dólares. Una buena manera de conseguir cambio es pagar con dólares y recibir el vuelto en uruguayos acompañado de su frase preferida: ¨A sus órdenes¨. Así uno se despide de cualquier vendedor.

Adoro llegar a los destinos de noche. La Paloma es un pueblo de 5500 habitantes durante el año. Esta población debe triplicarse durante el verano. Las casitas de alquiler, los dos hoteles cerca del faro y los campings están completos desde el 20 de diciembre hasta aproximadamente el 15 de enero. Luego, Uruguayos, Brasileros y Argentinos continúan haciendo su parada en estas playas pero en menor cantidad. Llegar a la Paloma pasa casi inadvertido de noche, se lo ve oscuro, con luces tenues en sus calles. No se sabe muy bien qué hay a los costados del camino. Al otro día, con el sol de farol, se descubre un paisaje que combina playas de arena largas, playas de piedra, médanos y bosque.

Las mañanas siempre ideales para ir a la playa transcurren al sol. Las familias caminan hasta las playas con nombres extraños como Anaconda con sus sombrillas, sillitas, baldecitos y palitos de los más chicos. Los surfers van silbando bajito sin calzado, con el traje de neoprene puesto y la tabla debajo del brazo. Grupos de adolescentes y jóvenes eligen La Balconada para juntarse. De golpe una trompeta se escucha a lo lejos. Llega el empanadero. Un hombre con sombrero de ala muy ancha, ropa no muy cuidada que en bicicleta y con un carro detrás, recorre todas las playas a lo largo vendiendo empanadas. Super caseras, riquísimas. Si alguien le quiere comprar a su regreso, ya no puede. Las vende todas. Realmente un éxito de empresa. Su público lo espera día a día alrededor del mediodía con esos manjares que sacan un poco el hambre después de una mañana de agua salada, un poco de viento y mucho sol.

Las playas en Uruguay no tienen su espacio ocupado por edificios, ni balnearios ni carpas. Sólo algunos ¨chiringuitos¨ sobre la arena. Ideales para sentarse a tomar algo o bien comer un choclo recién cocinado. Las playas son espacios públicos. Cualquiera entra y ocupa el lugar que más le agrada. Lamentablemente siempre existen quienes confunden público con tacho de basura. Algunas bolsas o botellas a la vista. El empanadero, preocupado por esto, le pide a sus clientes que levanten alguna bolsa dando vueltas por ahí que seguro alguien se olvidó sin querer.

Las tardes son diferentes. El viento siempre cambia de dirección y puede mejorar o empeorar el día de playa. Los turistas se ponen sus remeras o vestidos si hay más viento de lo deseado, pero se mantienen firmes disfrutando de los días de playa que les quedan. A la tarde es el horario para jugar al tejo o a las paletas. Alguno saca un boomerang y casi golpea al perro del vecino que lo corre pensando que es un palito. Los surfers se divierten con las pocas olas que hay, muchos están aprendiendo, otros entrenando para probablemente el próximo verano ir a otro destino con olas más desafiantes. Hay grupos de turistas que crecen día a día. Siguen llegando amigos y de pronto son quince personas en ronda de mate y charla.

Adoro los atardeceres en la playa. Siempre dan ganas de estar tomando una cerveza acompañado con rabas con mucho limón. Es la combinación perfecta después de haber estado en el mar y seguir sintiendo la sal en los labios. En La Paloma todos los atardeceres son diferentes. En algunos el sol, un poco tímido, se esconde detrás de una nube antes de tocar el horizonte.

La noche en La Paloma puede describirse en sus sabores. Te puede encontrar haciendo un asado en los balcones de los departamentos de alquiler frente a la playa. Tal vez tiene más sabor a paella cocinada frente al público en la feria de artesanos. O a algún plato con langostinos y cerveza fresca de los comedores más tradicionales. Todos llegan a la noche con hambre después del día de playa. Después, con el sonido de las olas, se puede dormir soñando con el faro iluminando a los pescadores que probablemente a las cinco de la mañana partan con sus barcos diminutos.


Adoro Uruguay.