jueves, 28 de julio de 2016

Publicación de ¨Llamaba para contarte¨ en Pagina 12 de Rosario, 7 de julio de 2016


Jueves, 7 de julio de 2016
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Llamaba para contarte

Por Regina Candel Martínez
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Hoy no estoy de humor. Me levanté con pocas horas de sueño y encime tuve algunas pesadillas. Dejaba la puerta abierta, estaba con alguien adentro de mi casa, creo que mi mamá. Sí, sin duda era mi mamá. Entraba un hombre joven a la casa que nunca había visto. Tenía cara de medio loquito. Sí, me daba escalofríos. Sabía cuáles eran sus intenciones, pero no había forcejeo, todo se daba naturalmente. De alguna manera yo le seguía el juego para no generar conflicto. Pero sí gritaba alto, muy alto: "Mamá, llamá a la policía". Tan alto grito en el sueño que lo grito realmente y mi propia voz me despierta. Tan alto grité que no me pude volver a dormir. Mi mente comenzó a jugar con las mismas ideas de siempre, los mismos personajes, que nunca se sabe si son reales o inventados; claro, como si lo real existiera, ¿no? Todo al fin y al cabo es una creación nuestra. Hasta nosotros somos nuestra propia creación, algo así como Frankentein creó su monstruo, nosotros nos transformamos en ese ser espantoso que piensa constantemente, perdiendo tiempo y energía en sin sentidos. Sueño mucho últimamente, justamente lo último no es la mente en estos días. Está demasiado presente, más de lo que quiero y definitivamente más de lo que la necesito. Estoy con ganas de desaparecer. Me vuelve esta sensación cada tanto. Quiero acovacharme en la cama y no salir por días, quedarme eternamente en un costado del futón tapada, con un libro en una mano y un té en la otra, meterme en un cine donde pasen una película que dure mil horas, salir por la ruta con el auto sin destino y sin que nadie sepa dónde estoy. Claro que nunca termino haciendo nada de esto, no es más que una fantasía, una necesidad de estar más conmigo que con el mundo. Por qué siempre elijo al mundo aún no sé, creo que eso está cambiando, pero no quiero ser un avestruz y esconder la cabeza bajo la tierra. No sé qué quiero, pero eso seguro que no. Hoy no estoy de humor y no sé por qué. Hoy dije la palabra tristeza cuatro veces y me lo hicieron notar. Claro está que la pileta sucia no es triste, ni la silla destartalada con hojas arriba es triste, tampoco la relación de fulano con mengano es triste. Yo lo estoy viendo así por algún motivo, las palabras son poderosas. Hace diez años atrás usaba de manera compulsiva la palabra horror, luego fue la palabra complicado, hoy es la palabra tristeza. Llamativamente decimos que algo nos pone felices usando el objeto indirecto de manera correcta tanto para la gramática como para nuestro espíritu. Pero cuando algo nos pone tristes porque probablemente nosotros ya estemos tristes de antemano, impersonalizamos la frase y le echamos la culpa al objeto, hecho o evento. Lo ponemos por fuera. Hoy puede ser, sí, me levanté triste. Y cuando pasa eso cierro los ojos y pienso en el sol, un sol mitad amarillento mitad anaranjado, mezclado con la espuma del océano que conocí en KoSamui y en otro sol rojo enorme de horizonte en el mar que conocí en Goa. Los recuerdos de estos soles de amanecer y atardecer no son tristes ni alegres, simplemente son dos de mis momentos tesoro. Salgo del hospedaje de KoSamui cada mañana a las siete. Mi esposo aún duerme, pero lo saludo con un beso y me escapo a mi espacio de soledad en el viaje. No está lejos la playa, así que comienzo a trotar por el caminito que me lleva a la arena. Se abre la imagen entre unos árboles y visualizo el sol comenzando a asomar como tímido. No puedo dejar de mirarlo aunque me enceguece. Corro por la playa algunos días con zapatillas y otros descalza. Esos días la sal del mar queda pegada en los pies. Y me gusta, me gusta mucho. Veo en el recorrido a varias personas que están comenzando el día con los asanas del saludo al sol. No hay nadie más a la vista. Sólo las olas que no paran de ir y venir, moldeando los tiempos de mi respiración. Vuelvo al hospedaje con alegría, desayunamos y miramos mapas. En Goa, salgo a correr por la playa cuando el día termina. El sol es gigante, más grande incluso que un barco que se escapa hacia el fin del mundo. Voy esquivando hombres alemanes, mujeres rusas, vacas indias. De un lado cantidad de barcitos de playa, del otro el mar de escenario y una gran cortina roja de fondo. Y yo respiro y sonrío. Ese es mi saludo al sol. Hoy, me levanté de mal humor y triste, más que nada triste. No importa por qué. Ya no hay KoSamui, ¿será eso? Me gustaría tener ese amanecer todos los días, pero es parte de esas creaciones mentales de las que hablaba antes. Esto no puede ser. Al menos no es. Como tampoco puedo despedirme del día eternamente con un atardecer de película hollywoodense. A veces llueve, o hay niebla o simplemente una nube se cruza en el camino. Se termina este día. Me miro al espejo y me cuesta reconocerme. ¿Alguna vez hiciste la prueba? Miro cada detalle de mi rostro y los que más hablan son los ojos. Ellos me dicen que está todo bien, que realmente no pasa nada. Ellos me entienden y me susurran un arrorró. Me voy a dormir esperando no soñar, por primera vez no quiero soñar, ni dormida ni despierta. Sí, claro, nos hablamos. Hasta el próximo amanecer, que todos valen la pena.

miércoles, 27 de julio de 2016

Miami: La ciudad de los ísimos.

En Bayside Market


Me encontré con Miami por primera vez en mi segundo viaje a este monstruo de ciudad. Caminaba una tarde calurosa, calurosísima por Bayside Market. Paseo dominguero. Uno se imagina familias o grupos de amigos caminando, mirando vidrieras, haciendo alguna compra o tomando algo en Hard Rock Café. Pero no. Lo que me encontré fue un gran escenario con una bahía y cantidad de botes, lanchas, veleros y yates de fondo. Sobre el escenario una mujer de unos sesenta años rubia pelo largo, pollera de cuero negra, medias de red negras y botas hasta la rodilla de taco alto doradas.  Frente a ella un micrófono y a su alrededor cuatro músicos de pelo largo, remeras metaleras negras obviamente, alguno con un sombrero de cowboy, todos de sesenta años para arriba. Actitud rockera. Espíritu metalero. Alma de música pesada. Comienzan a tocar y de pronto reconozco indicios de salsa, bachata y cumbia colombiana en su repertorio. Sale el publico a bailar a la pista. Una muchacha preciosa, delgada, chaleco de jean, short de jean y tacos altos, piernas larguísimas. Nada la detiene y con su sonrisa y aretes grandes rosados saca a bailar a un hombre con pinta de venezolano. Camisa blanca, sonrisa gigante tipo colgate y el pelo con gomina atado con una colita. Sus kilos de mis no significaron nada a la hora de bailar con la muchacha. Los dos se reían. Mientras la mama, tía y abuela de la muchacha, las tres con caras latinísimas, la filmaban y aplaudían desde la tribuna. Alguien me empuja y cuando me corro veo tres chinas de unos 40 años con unas ganas locas de bailar que se mueven apresuradas a la pista. No saben los movimientos ni entienden la letra. Solo bailan y se ríen. Mas lejos veo a un hombre solo. Negro. Altísimo. Todo vestido de blanco hasta el sombrero. Sus movimientos son del tipo Mick Jagger pero creo que sólo es porque está borracho. Se lleva la vida por delante. Por un momento me imagino que su semana es rutinaria , aburrida, solo tomando sentido cuando llega el fin de semana y se prepara para este evento. Su domingo en Bayside Market. Es su chance de ser alguien inventado. Hay mujeres con vestidos largos y otras con vestidos cortísimos y escotes pronunciados. Hay mujeres que no son mujeres con tetas gigantes. Hay hombres blancos gordos con remeras que no le tapan la panza y mucha barba. Hay hombres de 70 años que bailan como si tuvieran treinta. Hay familias con niños rubios y blanquísimos. Hay negras exuberantes con peinados de trenzas y calzas tapando colas gigantes. Hay cubanos, colombianos, venezolanos, brasileros, chinos, indios, y algún que otro norteamericano. Así comienzo a conocer Miami. La ciudad donde todo es ísimo. La ciudad donde una banda rockera toca bachata para latinos y chinos. Si, definitivamente eso es Miami. 

Are Indian Women Treated As Human Beings? Through The Eyes Of A South American Woman [Part II]

Indian women and their lives are a mystery to western woman. Here is a look at the life of Indian women through the lens of a South American woman.
The train to Varanasi goes at a speed of 50 k/ph until it stops. For one reason or another it always stops. I am standing next to the door of the coach and observe what is happening outside. Nobody smiles. Three women are frowning and talking. I guess their conversation must be similar to three women having a chat inside a supermarket on the corner of my house in Argentina. They may be gossiping about someone’s lost love, about a naughty son or a piece of news on TV.
There is an image that moves me to tears. A réplica of Pieta. She is a young woman. I can see this though she has her head covered with a brown piece of cloth. She sits on some stones in the street. Her wrinkles appear only on the forehead and the mouth, which is reddish and pouting. She is so beautiful that she could be envied by any magazine model, but she is very far away from that world.

She has a nose stud and plenty of braceletswhich sound like a rattle when she moves. Her dirty hands are holding each other in order to create a cradle for her baby, who is wrapped in a white cloth. She does not seem to have more than what I see at this very moment. She is exhausted. One could tell that the baby did not decide to come to this world. She stares at him, she caresses him, she feeds him. Later, after some years, this mother will paint the child´s eyes with black kohl to protect him from a world of demons and evil. The train starts again. We go away, but the Pieta stays there. I stare at it until they become a tiny dot in the distance.
Being a mother in India is almost compulsory, it is a natural event in every woman’s life, even in those who want to experience other things in life. There is a thirty-year-old woman travelling on the train to Varanasi who works in the Indian Navy. She was a mother at the age of twenty eight, a little later than the average Indian women. Nevertheless, she is really surprised when she asks about my age: thirty-five years old and no children. What do Indian women feel when they see most women from the other side of the world with no desire to be a mother?
One of the reasons why women are so worried for having children, especially sons, is that government does not guarantee any retirement wage, so that children must take care of their parents when these grow old. Having only daughters can be considered a curse. Some women are forced to have an abortion when they realize they will have a daughter instead of a son. These are called ‘selected abortions’. Though abortion has been legalized in India, abortions determined by genre are not legal, but very common. As a consequence, there is currently an imbalance in the male-female population.


Another humiliating and horrifying practice is called ‘bride burning’. Spouses that can not have a son, or who haven’t got a good dowry, are often killed – burned alive and then claim that it was a home accident. Some groups report that only one case out of 300 gets to justice. Many women do not die but remain deformed.
Women living in cosmopolitan cities such as Bombay, those who belong to higher castes, those with whiter skin, those who appear in Bollywood movies, have a more open view of the female role in society. They are usually professionals or university students, they wear bikini at Goa Beach and can choose their couples. These are the few women who can actually take a seat at Parliament, which is represented by only 10% of women. This is India as well.
So, why is it that still most women are manipulated and humiliated? Why is it that they can not take decisions at home? It called my attention to the fact that in my search for Couchsurfing contacts, I only encountered profiles of 30-40-year old males living alone.
Rajashree Khalap lives in Bombay. She is a beautiful 42-year-old woman, delicate and extremely smart. At first sight, I had the impression she is a very organized lady, with a busy week. She invites me to her flat and I accept delighted by the idea of peeping in an Indian woman’s life. She picks me up with her car, but she is not driving. She has a driver, which is a common practice both for comfort and for security, since it is not very safe to be a woman driving her car alone in the chaotic streets.
We enter her apartment. She prepares two cups of delicious tea and we sit to chat. She tells me there is a privileged sector in society with educated and independent women who have the same opportunities as men. She is part of this group. She travels, has a free life and can make a living with her profession, she can choose her spouse, get married and then get divorced without being judged. She has never had the desire to be a mother and she is not pushed by anybody to feel differently. Unfortunately, these women are still a minority in society.
Rajashree explains that less educated and conservative women are usually less economically stable and have limited chances in life. Women’s status also varies according to region and culture. In some states, women are absolutely restricted, especially those to the North of the country, such as Haryana or Uttar Pradesh. While in some more southern states, such as Kerala, societies may be less patriarchal, though they are never fully matriarchal.
Before we say goodbye, Rajashree gives me some hope. Things have been changing for Indian women. In 1925 Sarojini Naidu was the first women chosen as National Congress President , the second one was Nellie Sengupta in 1933. In 1966 Indira Gandhi appeared on the scene, and triggered great changes. She was the only daughter of Jawaharlal Nehru, Indian Prime Minister after Independence from Great Britain in 1947. She started her active political participation in the 30’s until she is assassinated in 1984. She was a strong leader, with a powerful character. She was strong enough so as to eliminate all the benefits of the Maharajas in order to start building a true Republic.
Today, there are doctors and ministers that are women, though they are still a minority and have to work with greater effort in order to achieve what a man can.
History will tell us how life will continue changing for Indian women.

Regina Candel Martinez (Author)