miércoles, 25 de mayo de 2016

Te llamaba para contarte...

Mi mamá me avisó hace unos días de un concurso de relatos cortos, donde la obligación es que aparezca la palabra amanecer. Pueden ver las bases en esta página a quien le interese: http://www.zendalibros.com/amanecer/


 Te llamaba para contarte….




Hoy no estoy de humor. Me levanté con pocas horas de sueño y encime tuve algunas pesadillas. Dejaba la puerta abierta, estaba con alguien adentro de mi casa, creo que mi mamá. Sí, sin duda era mi mamá. Entraba un hombre joven a la casa que nunca había visto. Tenía cara de medio loquito. Sí, me daba escalofríos. Sabía cuáles eran sus intenciones, pero no había forcejeo, todo se daba naturalmente. De alguna manera yo le seguía el juego para no generar conflicto. Pero sí gritaba alto, muy alto ¨Mamá, llamá a la policía¨. Tan alto grito en el sueño que lo grito realmente y mi propia voz me despierta. Tan alto grité que no me pude volver a dormir. Mi mente comenzó a jugar con las mismas ideas de siempre, los mismos personajes, que nunca se sabe si son reales o inventados; claro, como si lo real existiera. Todo al fin y al cabo es una creación nuestra. Hasta nosotros somos nuestra propia creación, algo así como Frankentein creó su monstruo, nosotros nos transformamos en ese ser espantoso que piensa constantemente, perdiendo tiempo y energía en sin sentidos. Sueño mucho últimamente, justamente lo último no es la mente en estos días. Está demasiado presente, más de lo que quiero y definitivamente más de lo que la necesito. Estoy con ganas de desaparecer. Me vuelve esta sensación cada tanto. Quiero acobacharme en la cama y no salir por días, quedarme eternamente en un costado del futón tapada con un libro en una mano y un té en la otra, meterme en un cine donde pasen una película que dure mil horas, salir por la ruta con el auto sin destino y sin que nadie sepa dónde estoy. Claro que nunca termino haciendo nada de esto, no es más que una fantasía , una necesidad de estar más conmigo que con el mundo. Por qué siempre elijo al mundo aún no sé, creo que eso está cambiando, pero no quiero ser un avestruz y esconder la cabeza bajo la tierra. No sé qué quiero, pero eso seguro que no. Hoy no estoy de humor y no sé por qué. Hoy dije la palabra tristeza cuatro veces y me lo hicieron notar. Claro está que la pileta sucia no es triste, ni la silla destartalada con hojas arriba es triste, tampoco la relación de fulano con mengano es triste. Yo lo estoy viendo así por algún motivo, las palabras son poderosas. Hace diez años atrás usaba de manera compulsiva la palabra horror, luego fue la palabra complicado, hoy es la palabra tristeza.  Llamativamente decimos que algo nos pone felices usando el objeto indirecto de manera correcta tanto para la gramática como para nuestro espíritu. Pero cuando algo nos pone triste porque probablemente nosotros ya estemos tristes de antemano, impersonalizamos la frase y le echamos la culpa al objeto, hecho o evento. Lo ponemos por fuera. Hoy puede ser, sí, me levanté triste.  Y cuando pasa eso cierro los ojos y pienso en el sol, un sol mitad amarillento mitad anaranjado, mezclado con la espuma del océano que conocí en Ko Samui y en otro sol rojo enorme de horizonte en el mar que conocí en Goa. Los recuerdos de estos soles de amanecer y atardecer no son tristes ni alegres, simplemente son dos de mis momentos tesoro. Salgo del hospedaje de Ko Samui cada mañana a las siete. Mi esposo aún duerme, pero lo saludo con un beso y me escapo a mi espacio de soledad en el viaje. No está lejos la playa, así que comienzo a trotar por el caminito que me lleva a la arena. Se abre la imagen entre unos árboles y visualizo el sol comenzando a asomar como tímido. No puedo dejar de mirarlo aunque me enceguece. Corro por la playa algunos días con zapatillas y otros descalza. Esos días la sal del mar queda pegada en los pies. Y me gusta, me gusta mucho. Veo en el recorrido a varias personas que están comenzando el día con los asanas del saludo al sol.  No hay nadie más a la vista. Sólo las olas que no paran de ir y venir, moldeando los tiempos de mi respiración. Vuelvo al hospedaje con alegría, desayunamos y miramos mapas. En Goa, salgo a correr por la playa cuando el día termina. El sol es gigante, más grande incluso que un barco que se escapa hacia el fin del mundo. Voy esquivando hombres alemanes, mujeres rusas, vacas indias. De un lado cantidad de barcitos de playa, del otro el mar de escenario y una gran cortina roja de fondo. Y yo respiro y sonrío. Ese es mi saludo al sol. Hoy, me levanté de mal humor y triste, más que nada triste. No importa por qué. Ya no hay Ko Samui, ¿será eso? Me gustaría tener ese amanecer todos los días, pero es parte de esas creaciones mentales de las que hablaba antes. Esto no puede ser. Al menos no es. Como tampoco puedo despedirme del día eternamente con un atardecer de película hollywoodense. A veces llueve, o hay niebla o simplemente una nube se cruza en el camino. Se termina este día. Me miro al espejo y me cuesta reconocerme. ¿Alguna vez hiciste la prueba? Miro cada detalle de mi rostro y los que más hablan son los ojos. Ellos me dicen que está todo bien, que realmente no pasa nada. Ellos me entienden y me susurran un arrorró. Me voy a dormir esperando no soñar, por primera vez no quiero soñar, ni dormida ni despierta. Sí, claro, nos hablamos. Hasta el próximo amanecer, que todos valen la pena.
Regina Candel Martinez


lunes, 16 de mayo de 2016

Alguna que otra frustación...

Todos tenemos alguna que otra frustración en la vida, algunos con la pareja elegida, otros con su trabajo, algunos tienen frustraciones sexuales, otros sueñan con vivir en otro lugar y por uno u otro motivo se sienten siempre atados a donde nacieron, hay personas que quieren ser mamá o papá y no pueden, y hay otras que terminan teniendo hijos por complacer o por seguir el ritmo impuesto sobre sus vidas. En todos los casos aparecen verbos como querer, soñar, desear. Acciones que hacen referencia al preferir algo diferente de lo que tenemos. Acciones que van a contramano de la aceptación de lo que la vida nos regala.

Hace dos días llamé un taxi a domicilio, no vino. Volví a llamar dos veces más y nunca apareció. Finalmente tomé un taxi al azar en la calle. El chofer era una versión de Brandoni, como aporteñado. Un hombre grande con pocos pelos pero largos y blancos.Voz de bolichero viejo. Me cuenta que los médicos le mataron a su mujer. Si. En el parto. No salió más me dice. Me la mataron. pero ella siempre me señalaba una linda chica del barrio. De linda era,  ella me decía que si se moría yo tenía que juntarme con esa muchacha. Pero mirá si te vas a morir antes que yo. Dejá de decir pavadas. Y qué historia le voy a contar! esta muchacha estaba para monja. Y entre cosa y cosa me terminé casando con ella. Yo me quedé con la nena, aunque mi suegra no quería saber nada. Cómo iba a criarla solo y patatin patatero. Me gané a una vieja que venía a cuidarme a la nena mientras yo trabajaba. Volvía a la tarde y ella (chasquido de los dedos y mueca de ganador) se las piraba. La cuestión es que la señora ésta la empezó a dejar a la nena ir a jugar a lo de la muchacha , claro pobrecita, sino se aburría. Entre una cosa y la otra la muchacha la empezó a cuidar tiempo completo, y bueno, salimos un par de veces, a unos bolichongos, a tomar algo. Y nos pusimos de novio. El papá mucho no me quería. Pero era una buena piba, así que le pedí casamiento después de tres meses. Vamos 28 años. Y bueno, estamos acostumbrados. Nos hicimos una casa en Guadalupe. Ahhhh, no le falta nada. Trescientos cincuenta metros cuadrados de casa. Tenemos todo ahí. Y bueno, sí. Tranquilos. ¿Acá es ? Bien, son ciento sesenta pesos. Suerte eh?

Bajé del auto sorprendida de cómo se puede resumir una vida en 20 minutos de taxi. Claro que esta es la versión oficial, la que le cuenta a sus clientes. Probablemente la haya contado más de mil veces. ¿Cuántas otras versiones habrá?  ¿ Hablará alguna vez de su tristeza al perder a su esposa y tener que hacerse cargo sólo de una nena? ¿Alguna vez incluirá sus frustraciones en el relato? ¿Le gusta lo que hace día a día?  Versiones de la vida en 20 minutos. Un buen título para un libro. Todos tenemos ese libreto preparado y lo sacamos sin cuidado cuando nos preguntan cosas tales como: ¿Y vos qué hacés? ¿Cómo va la vida?. Uno cuenta lo superficial, lo que en realidad no importa. Bien, todo bien. Con muchos cambios como verás. Me separé y claro en la casa ya sola no podía vivir. Era demasiado trabajo para mí. Y sí, me está costando mucho establecerme económicamente y me salió una posibilidad en España. Me voy a trabajar con mi hermano que está allá. Si, si. Al principio viviría con él. ¿Los perros?. Y...tuve suerte. Casi por milagro, quienes me alquilan la casa, lo hacen con dos de los perros y a la tercera perra me la llevo conmigo a España. Sí, ya le compré la jaula. Enorme! Ahora vivo en la casa de una amiga por un tiempito, y otro tiempo en el departamento de mi ex, que sale de viaje por un mes y pico y me lo presta. Sí, un copado la verdad. No tengo palabras de agradecimiento. Sí, claro que me cuesta muchísimo irme, logré construir mucho a nivel social acá y me duele en el pecho separarme de ciertas personas. Sí, tal cual. Viste que yo soy una mina sociable...voy a poder hacer grupo en seguida allá. No, no lo dudo. ¿Hijos? No, no tengo. Y termina el relato con una reflexión de lo mucho más fácil que es hacer estos cambios sin hijos. Un libreto como cualquier otro. Algunos libretos parecen ser más interesantes porque incluyen viajes, nueva gente, aventura, pero en el fondo es todo lo mismo, lo único que cambia es el paisaje. Algunos pescan al aire que esto es la pintura, lo que se ve y te hacen preguntas como: ¿Pero estás feliz con la decisión? ¿No es tal vez una simple forma de escape? La casita de naipes que construis con tu relato se desmorona. 

Si me hubiera animado a hacerle alguna pregunta fuera de libreto al taxista, sus trescientos cincuenta metros cuadrados de casa hubieran cobrado otro significado y tal vez algunas paredes se hubieran derrumbado en su imaginación. De golpe la pileta hubiera estado sucia y con hojas, el quincho un total desorden y la mesa y las sillas de algarrobo se encontrarían adentro de la chimenea para calentar ya que habría un agujero en el techo. Momento de poner las cosas en su lugar, de comenzar a dejar de construir. Cuando el guionista cambia el libreto nos enfrentamos a lo que nos pasa realmente. Es un desafío sentarse a escribir la versión de vida que hacemos pública y verla como tal. Y tratar, tal vez, de ir más lejos, y descubrir alguna que otra frustración que nos hace ruido y no podemos identificar.